martes, 9 de julio de 2013

SNUFF

  -Esos lugares son una mierda –decía Umberto- siempre lo he dicho, usted se mete con la ilusión de encontrar pareja ¿y qué encuentra? ¡Mujeres lagarto! Sólo quieren que alguien les mantenga los vicios, los hijos y tal vez hasta al otro hombre.

  -Puede que tenga razón, pero no generalice, conozco compas a los que les ha ido bien, además, creo que cada quien entra bajo su propio riesgo –Rosario apagó la colilla del cigarro y quitó la mirada del libro de Ted Sanders.

  -¿Y a usted?

  -¿Yo qué?

  -¿Le ha pasado algo así?

  -No tengo ese tipo de broncas, aunque –Rosario se detuvo pensativa, suspiró- no, la verdad, al menos en mi caso me ha ido bien con las mujeres que he conocido, incluso en esos lugares de internet.

  -No puedo evitar preguntarle ¿nunca ha tenido curiosidad por probar con un hombre? –una mueca cínica se dibujó en la cara de Umberto.

  -Se supone que estamos aquí por el trabajo, no para conocernos –evadió Rosario.

  -Sí sí sí, yo sé, pero es que entienda mi punto de vista como hombre, me da curiosidad.

  -No mienta, lo que tiene es morbo, ahorita mismo usted me imagina en una cama con otra mujer, ella encima mío mientras le chupo las tetas ¿cierto o mentira?

  -No, nada que ver, de verdad.

  -Mentiroso.

  -Bueno…

   Rosario se levantó de la silla y caminó hasta el maletero del carro. No había mucha luz en aquella bodega, sólo una lámpara que a duras penas intentaba ahuyentar la oscuridad. La mujer sacó una pequeña linterna de su bolso, junto a unas llaves, golpeó la tapa del maletero con su puño, escuchó unos gemidos. Umberto se acercó hasta ella.

  -Con éste calor yo estaría asfixiado.

  -Vamos a darle un poco de aire –Rosario abrió el maletero, los gemidos fueron más vivos, ahora acompañados de muecas y gestos de pavor en el rostro de un hombre robusto y moreno- ¡cállese, cállese! No es para tanto.

  -Voy a llamar al Alacrán a ver qué dice –Umberto se sacó el teléfono del pantalón- ¿aló? Jefe, aquí tenemos al hombre… sí, correcto, en la bodega ¿cómo? Bueno, está bien.

  -¿Qué dijo?

  -Todavía no, hay que esperar.

  -¡Qué mierda! Me pudre cuando eso pasa en estos trabajos.

  -Es la primera vez que trabaja para el Alacrán ¿verdad?

  -Sí, ¿cómo lo sabe?

  -Los que le hemos hecho éste tipo de trabajos ya sabemos que siempre hay que esperar una última orden y eso lleva su tiempo.

  -La verdad no creo que vuelva a trabajar para él, no me gusta esperar tanto, menos en una situación así, me pone tensa.

  -¡Tranquila! No va a pasar nada.

  -¡Pfff! ¿quién nos asegura eso? Ahorita mismo detrás de esa gran puerta pueden haber varios tipos armados, acuérdese que no es a cualquiera que tenemos de rehén –el tipo empezó a retorcerse, Umberto lo sacó del maletero y lo tiró de bruces al suelo- creo que quiere algo.

  -Tal vez sea agua, o puede que tenga hambre, ganas de orinar… o de cagar.

  -Pues si quiere orinar que se aguante, a menos de que usted lo suelte o se la sostenga para que lo haga y si lo que quiere es cagar pues ni modo…

   Umberto le quitó el esparadrapo de la boca, un gesto de dolor asomó por la mirada del otro, empezó a toser muy seguido y a escupir. Umberto le acercó una botellita de agua, el tipo bebió casi desesperado, babeando el plástico de la botella. Rosario observaba en silencio por ratos.

  -¿Ya está bien? ¿Sigue con sed? –el hombre negó con la cabeza, Umberto guardó la botella- le tengo una mala noticia, va a tener que esperar un buen rato –más que risa, fue algo parecido a un chirrido lo que se le escapó de la boca a Umberto.

  -Yo estoy tranquilo, ustedes saben lo que hicieron, esto no se va a quedar así, mi gente…

  -¡Cállese, pedazo de mierda! O le vuelvo a tapar la boca –Umberto le enseñó el esparadrapo, el otro asintió a duras penas.

  -Aburre estar aquí –Rosario, sosteniendo otro cigarro, se volvió a sentar en la banquita- debe ser de noche ya.

  -Ya casi, son las seis y cuarenta –Umberto quitó los ojos del celular y se fue a sentar al carro- tal vez escuchando un poco de música se nos vaya rápido la espera.

   Encendió la radio, el silencio se esfumó ante los riffs de David Gilmour que acompañaban la voz de Roger Waters “There is no pain you are receding, a distant ship´s smoke on the horizon, you are only coming…” Umberto seguía la melodía con su pie afuera del vehículo.

  -Me gusta esa canción –dijo Rosario.

  -¿La canción o Pink Floyd?

  -La canción, –el humo se elevaba suave y delicado como una cortina ante el rostro pálido de la mujer- de la banda no sé mucho, por no decir que conozco nada.

  -Eso es una falta de respeto.

  -¿Qué cosa?

  -Que alguien diga que le gusta una canción de Pink Floyd y que no conozca nada de ellos.

  -No le encuentro lógica a eso, música es música, para mí esa canción es sólo una canción bonita –Rosario se encogió de hombros.

  -¡Está loca usted! Cómo va a decir eso, qué bárbara –Umberto se mostró casi indignado por lo que acababa de escuchar- esa canción es una joya, de las mejores creaciones que ha tenido el rock y la música en general, hubiera preferido una patada en los huevos antes que escuchar eso.

  -Si quiere retiro lo dicho y lo agarro a patadas –los delicados labios de Rosario formaron una sonrisa.

  -Tiene uno de los mejores riffs de guitarra de todos los tiempos –seguía Umberto con el tema- David Gilmour marcó una época con eso, usted acaba de quitar el ladrillo más fuerte de la pared.

  -No entiendo.

  -¡Por supuesto que no! –Umberto se carcajeó- esa canción es del mejor disco de la historia del rock, The Wall, ¿captó?

  -Mmmmm pues digamos que sí.

  -Quiero orinar –dijo el tipo tirado en el suelo.

  -Llévelo usted –Rosario dirigió su mirada a Umberto- no cuente conmigo, ya hablamos de eso.

  -¡Ni loco! Prefiero soltarlo y que lo haga él.

  -Si usted lo suelta y ese tipo intenta algo los mato a los dos –tiró malhumorada la colilla del cigarro.

  -Tampoco se ponga de malcriada, fue una broma.

  -Quiero orinar –seguía diciendo el tipo- ¿me pueden ayudar?

  -Pues que se orine en el pantalón.

  -Tengo Paruresis –el tipo empezó a temblar.

  -¿Y esa mierda qué es? –preguntó Umberto.

  -Me da miedo de que me vean orinando, sólo puedo orinar en mi casa, pero además de eso me dan asco mis orines, si me orino encima puedo entrar en shock nervioso y entrar en paro respiratorio.

   Rosario y su compinche se volvieron a ver entre asombro y gestos casi de burla, a ella por poco se le escapa una carcajada, Umberto con el rostro ya serio le insinuó que no.

  -¿Es en serio o broma? –preguntó ella.

  -Si quieren ponerlo a prueba háganlo, pero no lo recomiendo –los temblores eran más fuertes en él.

  -No es adecuado –susurró Umberto- si a éste hijueputa le pasa algo y tenemos que dejarlo vivo nos comemos un problemón, es mejor ayudarle.

  -¿Lo va a soltar?

  -Es lo mejor ¿no escuchó? No podemos verlo orinar, si se orina encima se nos muere, si se nos muere nos buscan y nos matan.

  -Pero él dice que lo llevemos a la casa, sólo ahí puede orinar.

  -¡Ayúdenme! ¡Por favor! –el sudor invadió el rostro tenso del sujeto, mientras los temblores se apoderaron de todo su cuerpo.

  -¡Se nos va a morir! –Umberto corrió hasta él- está bien, lo vamos a ayudar, pero no lo podemos llevar a su casa, tiene que hacerlo por aquí.

  -¡No me vean! ¡No me vean! –empezó a gritar desesperado.

  -Entró en pánico –dijo Rosario un poco nerviosa.

   Umberto soltó las esposas, levantó al tipo y lo llevó a una esquina oscura. Se alejó rápido sin despegar sus ojos de él, llegó al lado de Rosario, le pidió un cigarro, mientras empezaba a fumárselo se alejó un poco para ver al tipo en la esquina, se llevó una mano a la cintura, tanteándose el arma.

  ¿Ya? –le gritó.

  -¡No! Tienen que darme tiempo, no es fácil, tápense los oídos y no me vean, yo los estoy viendo.

  -¡Póngale! Lo estoy apuntando con el arma.

  -A eso me refiero, no me vea, no me apunte ¿no entiende?

  -Salado, no me queda opción.

  -Ustedes saben que estoy desarmado ¿qué puedo hacer sin armas? No soy idiota como para cometer una estupidez.

  -Es verdad –dijo Rosario- sin arma no puede hacer nada, que orine en paz.

   Se alejaron para darle un poco de privacidad al otro. Ella se iba a tapar los oídos, pero Umberto le dijo que no, era absurdo, tenían de rehén a un capo del narco y tenían que estar alertas, con darle un poco de espacio era más que suficiente. La música seguía sonando en el carro, sonaban los Pet Shop Boys, Umberto puso cara de asco.

  -¡Qué mierda de música! –Escupió las palabras- voy a quitarla, ya vengo –caminó hasta el carro y cambió la emisora, una voz masculina brindaba la información de la lotería.

  -¡Ah! Mucho mejor, la lotería –dijo Rosario.

  -¿Qué tiene de malo la lotería?

  -Nada, pero hay gente que cree que eso es cuestión de suerte.

  -Si una persona cualquiera, en cualquier lugar del país, compra un número sea cuál sea y ese número coincide con el que sale premiado ¿eso no es suerte?

  -No, eso se llama causalidad –sacó una cajita con chicles y se llevó dos a la boca- las probabilidades de que esa persona gane son las mismas que puede tener cualquier otra que compre el número, eso no es suerte.

  -Es difícil conversar con usted.

  -Me han dicho.

  -¿A cuántos ha filmado?

  -No sé a qué viene la pregunta.

  -Curiosidad, si de repente llaman y nos dan la orden tenemos que poner en práctica lo que sabemos hacer.

  -Lo mío es sólo filmar.

  -Por lo mismo, no es algo fácil, quiero ver qué experiencia tiene usted.

  -La misma que tiene usted en esto, supongo.

  -Bueno, yo espero que no se me desmaye en el acto –Umberto se alejó del carro- ¿Ya? No podemos darle más chance.

   Vieron al tipo llegar cerca del carro, la pobre luz de la luna, filtrándose por los huecos del viejo techo, caía sobre su cuerpo. Umberto le hizo una seña para que se sentara y el tipo así lo hizo. Rosario, algo incómoda por verlo suelto, se alejó hacia unas cajas.

  -Espóselo otra vez.

  -Relájese –agarró las esposas y se las volvió a colocar al tipo, en eso sonó el celular- ¿aló? Sí, jefe, sí… ajá –los ojos se dirigieron hacia Rosario- bueno, no se diga más, sí, está bien.

  -¿Qué pasó? –Preguntó ella, a la vez que volvía a ver al rehén- ¿era el Alacrán?

  -Traiga la cámara –se limitó a decirle, tomó al tipo de la camisa y lo levantó, caminaron hacia la parte más luminosa de la bodega, le pidió que se arrodillara.

  -Usted me dice cuándo empiezo a filmar –encendió la cámara, su frente se perló del sudor.

  -Cuando yo le diga –Umberto sacó un martillo del carro, se acercó de nuevo al tipo, los ojos se voltearon hacia Rosario, ella entendió la mirada- ¿se arrepiente de algo en su vida? –el tipo, con la tensión colgándole de la cara, negó con la cabeza- ¿algo que le quiera decir a la gente que va a ver éste video? –La mirada en el tipo era fría, fija hacia el lente, no parpadeaba- ¿está seguro que no hay algo que quiera decir?

  -Haga lo que tenga que hacer, quiero morir con dignidad, como un hombre de respeto, que todos sepan que esto es así, en éste mundo se corren riesgos, todos nacemos con una deuda y aquí estoy yo pa´ pagar la mía ¡viva el cartel!

   El martillo descargó su fuerza contra la cabeza del tipo, éste cayó de lado acompañado de un gemido, el martillo no se detuvo, poco a poco el suelo se fue llenando de sangre, la cabeza era triturada en medio del sonido seco de los martillazos; la cámara estaba fija sobre el cuerpo grabando la escena, a ratos la asaltaba un leve temblor. Los pedazos de cráneo quedaron esparcidos alrededor del cuerpo, al lado de la cabeza triturada quedaron los ojos. Umberto limpió el martillo, se llevó un trago de agua y caminó hasta el carro, se sentó.  

  -Ya la apagué –dijo Rosario, tenía la mirada pegada en el suelo.

  -Démela, la cámara –ella se la entregó, sin poder apartar ese gesto de curiosidad que floreció de repente en su cara- ¿cómo se enciende?

   Rosario estiró la mano y tocó un botón, las manos empezaron a sudarle, Umberto se puso la cámara en el hombro izquierdo, sacó el arma, Rosario abrió grande la boca pero no gritó, los ojos fueron presa del pánico, Umberto la apuntó, por la radio se escuchó al locutor cantar el número favorecido del día, pero su voz se opacó con los tres balazos que escupió el cañón.


  -Los periodistas no aprenden.