martes, 9 de septiembre de 2014

VILLA ALASKA

   Iván estacionó frente al bar. Las gotitas de sudor se multiplicaban por su rostro, se secó y bajó del automóvil. El sol radiaba, la carretera hervía silenciosa, alrededor todo era desierto. Afuera, una joven morena y flaca, sentada en una silla, sostenía un bebé recién nacido que tenía una mancha en su pequeño rostro, leía el periódico, cerca de la muchacha un hombre gordo se mecía en una mecedora, se percató de la presencia del visitante ofreciéndole una sonrisa desdentada. Iván caminó hasta la puerta del bar, no sin antes echarle una mirada a su vehículo. Al ingresar sintió el vapor estrellarse contra su cara, la fuerza de los abanicos en el oscuro cielorraso era débil.

  -Una cerveza –pidió cuando se sentó frente a la barra- y un vaso con hielo, el que esté más limpio.

  -¿Algo más?

   Iván negó.                                                                                                                                                                                                                                                                                    
   Tomó uno de los cubitos del vaso y lo pasó por su frente. Echó un vistazo: mesas vacías, algunas no habían sido recogidas, el piso daba asco, percibió un ligero olor a orines. Siguió paseando la vista: en una esquina estaba sentado un tipo, con los brazos y la cabeza desparramada en una mesa, “mal día”, pensó, una mujer caminaba de un lado a otro sosteniendo una escoba, pero no se preocupaba por barrer, la escuchó discutir por el teléfono. Se acomodó en el banco.

  -Aquí siempre es así.

  -¿Disculpe?                   

  -El calor…

  -Ahhh, sí, es insoportable, los abanicos no sirven de nada –el cantinero ni lo volvió a ver- debería cambiarlos –mordisqueó las palabras.

  -A veces llueve, sólo a veces.

  -Que triste, no sé cómo lo soportan ustedes.

  -No hay de otra, así lo quiso el señor Jesucristo, incluso en un infierno como éste, él está con nosotros –señaló un cuadro viejo, despintado, con la imagen del Hijo de Dios- ¿Puedo preguntar qué hace usted en un lugar como éste?

  -Me dirijo a Pueblo Limón.

  -Todavía está un poco lejos, ¿anda en carro?

  -Está afuera. Por cierto ¿alguna gasolinera por aquí cerca?

  -Aquí nada está cerca –decía el cantinero mientras acomodaba unos envases.

  -Ya veo, necesito una gasolinera, pensé que tal vez usted sabía de alguna.

   Un hombre bajito, pálido y con cara de buena gente, se sentó cerca de Iván, pidió un trago: “lo mismo de siempre”. El calor parecía no afectarle, no se le veía ni una gota de sudor en la cara. Cuando el cantinero le sirvió el trago, lo bebió en seguida, se levantó y caminó hasta una rocola que Iván no había visto. Al meter las monedas se escuchó la voz de Johnny Cash, volvió a sentarse.

  -No sé de ninguna –dijo el cantinero.

  -¿Perdón?

  -Lo de la gasolinera, usted pensó que podía ayudarle con eso, pero no, no conozco ninguna cerca.

  -¿Pregunta por una gasolinera? –Iván notó que el hombre le había puesto la mirada encima- yo sé de una, no está cerca, pero es fácil llegar hasta ella.

  -¿De veras? –Iván se echó otro sorbo.

  -Sí, ehh Cuco, otro trago y un cigarro, por favor –le dijo al cantinero.

  -Le agradecería mucho si pudiera llevarme hasta ella.

  -No hay problema, mi amigo –le extendió la mano a Iván- Patricio, mucho gusto, aunque soy más conocido como don Pati.

  -Mucho gusto, me llamo Iván –le estrechó la mano mientras se echaba otro trago de cerveza.

  -Dice que va a Pueblo Limón –interrumpió el cantinero, secando unos vasos con un trapo.

  -¡Uff! Está un poco lejos todavía.

  -Eso me dijo éste señor, ¿masomenos a cuánto está?

  -Lejos –interrumpió el cantinero.

  -No le haga caso, él siempre es así de bromista –dijo don Pati con una sonrisa- no es muy largo tampoco, pero sí tiene que pasar su rato manejando. Disculpe que me meta, pero ¿a qué va hasta allá?

  -Tengo que hacer una entrega.

  -Entiendo. Tengo tiempo de no ir a Pueblo Limón, dicen que ha cambiado mucho, ahora matan gente, el narco, la mafia, drogas, un mierdero.

  -Eso me han dicho, pero no me queda de otra, igual no voy a durar nada ahí, sólo entrego y listo.  

  -Hace poco escuché de boca de un sobrino que mataron a un muchachito allá, era un colegial, estaba en un bar como éste, con otros amigos, en eso entraron unos tipos y empezaron a disparar contra él, de las ráfagas que le mandaron le cortaron la cabeza, unos dicen que usaron unas AK-47, otros que eran mini uzis; en fin, lo mataron.

  -Pobre.

  -Pobre la muchacha que hirieron –dijo Cuco desde el piso, mientras rejuntaba unos papeles- al muchacho lo mataron y listo, pero la otra quedó malherida, pasó días duros en el hospital, no volverá a caminar.

   El tipo que estaba desparramado sobre la mesa se levantó, intentó caminar pero se tropezó, la cabeza rebotó contra el piso, vomitó, la mujer que sostenía la escoba lo golpeó con la misma, intentó detenerla, pero volvió a caer. “Villa Alaska es un lugar único” mencionó don Pati.

  -Los bares son lugares peligrosos, peor que los bancos –dijo Cuco- en un banco por lo menos tienen algo que llevarse, por eso casi nunca matan a nadie, pero ¿en un bar? ¿Qué se van a llevar? Y casi siempre el cantinero pone resistencia, alguien resulta muerto.

  -No lo asuste, Cuco –Patricio se tomó el trago de un solo golpe- por dicha aquí no tenemos ese problema ¡aquí nunca pasa nada! Y si pasara al resto del mundo no le importaría.

  -No, no le importaría.

   Cuco quiso carcajearse, pero se fundió en el intento.

  -Éste es un pequeño lugar perdido en la mente de Dios –decía Patricio- el desierto nos rodea, somos inexistentes para el mundo, los últimos que nos visitaron fueron unos extranjeros, una pareja, ella era mexicana y él chileno, no duraron mucho por aquí, se quedaron en las cabinas de Mateo y a la mañana siguiente se fueron; lo único que recuerdo de ellos era que discutían mucho, la muchacha parecía triste, él no tanto.

  -Suele pasar.

   Iván giró su cuerpo, el tipo borracho estaba de pie, cerca de la puerta del bar, apoyaba sus brazos sobre las rodillas, se tambaleó y pegó contra la pared, esta vez parecía que no se levantaría.

  -No le preste mucha atención, le decimos Puñal –decía don Pati- hace unas tres semanas se le murió la novia, desde entonces toma hasta quedar hecho mierda.

  -No puedo evitar la curiosidad –dijo Iván- ¿éste pueblo se llama Villa Alaska?

  -Así es –respondió Cuco antes de que lo hiciera don Pati.

  -Tiene que ser un chiste.

   Iván echó un poco de cerveza en el vaso con hielo.

  -En el fondo es un lugar muy frío –la mirada se le perdió a don Pati- las montañas se fueron.

  -Pues ahora tiene más sentido –dijo Iván, sin comprenderlo del todo- ¿me va a acompañar siempre a la gasolinera? Por cierto, ¿cómo se va a devolver usted?

  -No se preocupe, yo soy el dueño, viajo en autobús todo el tiempo.

   Iván quedó absorto, los ojos se balancearon sobre Cuco, pero éste parecía no haberle prestado atención al asunto. Se volvió a secar el sudor con el pañuelo, le dirigió una mirada fugaz a Puñal: seguía tirado en el piso, la mujer cortó su vista cuando pasó frente a sus ojos, seguía discutiendo. Don Pati se levantó.

  -Voy al baño, nos tomamos esto y salimos de aquí.

   Iván continuaba idiotizado, por inercia asintió.

  -¿Por qué no me dijo que él era el dueño de la gasolinera? –le preguntó a Cuco pero éste pareció no escucharlo, Iván supo que sería inútil preguntar de nuevo.

   Don Pati volvió del baño, pagaron las cuentas y salieron del bar, no sin antes pedirle a Cuco una bolsa con hielo. Afuera ya empezaba a oscurecer, el señor gordo seguía sentado con la mirada perdida en el horizonte, la morena sosteniendo el periódico, el bebé llorando, ella ni se preocupó. Iván acomodó la bolsa en la hielera que tenía en el asiento trasero.

   Se marcharon enseguida. A los costados, el desierto se extendía, parecía devolverse desde el horizonte hasta ellos, para luego volverse a ir corriendo hacia la lejanía. El sol caía cálido, reconfortante, nostálgico.

   La noche llegó, acompañó el sonido del motor, a lo lejos, frente a ellos, veían unas lucecitas, “por allá es” dijo don Pati.

  -La soledad en éste lugar es implacable –dijo Iván.

  -Un asesino haría fiesta ¿verdad?

   Se carcajearon al unísono.

  -Es posible, don Pati, por cierto ¿cómo le gustaría morir?

  -Tenía tiempo de no pensar en eso ¿sabe? Pero ya que lo pregunta, me gustaría que fuera en un lugar como éste, solitario, sin nadie que lo llore a uno, dicen que hasta los recién fallecidos oyen el llanto, eso no me gustaría, y ¿a usted?

  -En una cama, mientras duermo para no sentir nada.

  -Por supuesto.

   Un estallido tambaleó el vehículo, Iván frenó en seco, quedando en media carretera Bajó, de pronto sintió frío, la brisa estaba helada. Se fijó en la parte trasera: se había estallado una llanta.


   Don Pati se acercó a él, tenía una sonrisa extraña, sostenía algo en la mano, Iván retrocedió y esquivó el golpe que le mandó, corrió alrededor del vehículo acechado por el otro.

  -Hace frío ¿lo siente? ¡Las montañas volvieron!

   Iván intentó correr hacia la puerta del chofer, pero don Pati se interpuso frente a ella, amenazándolo con una jeringa. De reojo miró a lo lejos: las montañas parecían bañadas en nieve.

  -¿Qué está pasando?

  -Las montañas siempre vuelven –dijo don Pati.

   Se carcajeó y de un brinco subió sobre la tapa del carro, pero resbaló y cayó de bruces sin la jeringa. Iván se le acercó.

  -¿Qué está pasando? ¡Hable! –lo increpó con jeringa en mano.

  -Las montañas volvieron, ¿no lo entiende? –don Pati se carcajeó.

   Iván echó otro vistazo: en efecto, las cimas de las montañas aparecían nevadas, ajenas y extrañas.

  -¿Qué significa eso? Algo está pasando en éste pueblo de mierda y necesito saber de qué se trata –amenazó con inyectarle el líquido.

  -No muchos pasan por Villa Alaska, ni siquiera aparece en los mapas.

  -¿Me está diciendo que éste lugar no existe?

   Don Pati asintió sonriendo.

  -¡Mentiroso! –Apretó con fuerza la jeringa- si no me dice la verdad voy a inyectarle esta mierda.

  -No le estoy mintiendo, si quiere puedo probárselo.

  -¿Cómo?

  -Vuelva al bar, cambie la llanta y maneje hasta allá, ahí se dará cuenta de lo que le digo.

  -¡Ni mierda! ¿Por qué habría de confiar en alguien que me iba a matar?

  -¿Matarlo? Por supuesto que no, ¿cómo puede existir muerte en un lugar inexistente? Iba a “despertarlo”.

  ¿Despertarme?

   Iván, confundido y asombrado, dedicó sus pensamientos al intento de armar un rompecabezas absurdo.

  -¿Despertarme de qué? ¡Loco hijo de puta! Dígame la verdad.

  -Le repito, maneje hasta el bar y ahí tendrá todas las respuestas.

   Iván se levantó, amenazando al otro con la jeringa. Don Pati sonreía en el suelo, lo miraba, a veces con un fuego empujado por la locura y otras veces con el vacío que sólo existe en el vapor de las realidades.

  -¿Recuerda a qué iba a Pueblo Limón? –preguntó.

  -Necesito entregar algo.

  -¿Y puede recordar qué era eso que debía entregar?

   Iván trató de buscar en su memoria, curiosamente no lograba recordar qué era aquello, por más que lo intentara, la memoria se negaba a regalarle tan siquiera una pista. Por un momento quiso negar que todo eso le estuviera ocurriendo. Se despojó de la agitación que comenzaba a trepar por su pecho y encaró de nuevo a don Pati.

  -¿Qué me voy a topar en el bar?

  -La respuesta a todo lo que me ha preguntado.

   Sin más, Iván le ordenó mantenerse a cierta distancia del automóvil mientras cambiaba la llanta. Al abrir la cajuela se topó con una enorme bolsa negra, claramente algo había adentro, titubeó, él no la había puesto ahí; cuando se disponía a abrir el zipper don Pati lo interrumpió: “cuando esté en el bar y tenga la respuesta entonces será el momento de abrir la bolsa” dijo.

 

   Una vez que hubo cambiado la llanta estallada, Iván subió al vehículo, le dirigió una última mirada a don Pati, sentado en la carretera e iluminado por los focos. Presintió que algo tramaba. Don Pati levantó una mano a modo de despedida.

   Dio vuelta y manejó de nuevo hacia el bar. Las capas de nieve en las cumbres no lo dejaban salir del asombro, un paisaje surrealista que se asomaba en las sombras de una noche extraña. Cuando estuvo cerca de su destino, bajó la velocidad y apagó las luces. La brisa helada de la noche lo golpeó al bajar del vehículo.

   De nuevo se topó con los mismos personajes afuera del negocio, pero esta vez vestían ropas cálidas, gruesos abrigos y bufandas, además otra cosa le llamó la atención: la mujer morena estaba gorda, hinchada y el viejo se veía delgado, un joven de cabellos rizados y rostro manchado los acompañaba, Iván supo quién era.

  -Las montañas volvieron –dijo el hombre ante la mirada inquisidora de Iván, justo antes de entrar al bar.

   Adentro todo había cambiado, como si alguien hubiera remodelado el negocio, inclusive el olor era distinto. Se acercó a la barra, chasqueó los dedos para llamar la atención del cantinero, éste se dio vuelta, Iván se detuvo en seco, sencillamente no había palabras que pudieran explicarle qué estaba sucediendo: el cantinero era idéntico a él.

  -¿Qué es esto? –preguntó boquiabierto.

  -¿Puedo ofrecerle algo?

  -Una explicación de lo que está pasando.

  -¿No sé a qué se refiere?

   Iván lo tomó del brazo y a empujones lo llevó frente al espejo que colgaba de una pared, de nuevo quedó profundamente conmocionado.

  -¡Cómo es posible! –reaccionó luego de un silencio aterrador.

  -¿Se está dando cuenta, Iván?

   Al voltearse vio a don Pati bajo el arco de la puerta, sostenía un cigarro con la boca.

  -Los espejos no mienten, no en Villa Alaska, Iván –le dijo.

  -¿Por qué no aparece mi imagen en el espejo? ¿Es un truco?

   Iván, desesperado y acorralado por la ira, pateó varias veces el cristal hasta quebrarlo. Su mirada era la de un hombre intimidado por lo desconocido. Se precipitó de rodillas, alargó un brazo para tomar un trozo de vidrio.

  -Las montañas volvieron y traen el frío. Yo soy el dueño.

  -Aleluya –aulló el cantinero.

  -¡Aleluya!

   Le siguió don Pati con un aplauso de euforia.

  -¿Qué me está pasando?

   Iván, volcado al llanto, se raspaba los brazos con el vidrio. Se detuvo. Estaba agotado, afectado por los efectos de una serie de sucesos sin sentido aparente. Don Pati se acercó, se puso de cuclillas y le entregó un sobre.

  -¿Qué hago con esto?

  -Ábralo justo antes de abrir la bolsa en la cajuela. Ese momento es clave.

  -¿Por qué?

  -Ya luego dependerá si quiere o no abrir la bolsa. Es su decisión.

   El humo del cigarro vagabundeó frente a sus ojos, al tiempo que su estado de ánimo se vio purificado por una erupción repentina de optimismo.

   Iván se puso en pie, le ardían los brazos. Don Pati apagó el cigarro en el piso.

   Salió del negocio rumbo a la cajuela, no tardó en darse cuenta que el trío de personajes que se habían mantenido afuera no estaban, le restó importancia. Se ubicó junto al vehículo, de repente lo asaltaron los nervios, el sobre era la llave que lo llevaría a la respuesta, pero ¿sería la respuesta que él esperaba? ¿Qué podría pasar si no lo era? Su mirada se balanceó hacia la tapa de la cajuela. Rompió un borde del sobre y sacó el contenido: eran tres fotos y un trozo de papel en el que se leía una nota del periódico:

JOVEN PERIODISTA ASESINADA EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS

  “Un grupo de policías encontró agonizando a Rosario Nájera (25) en una bodega abandonada cerca de Bella Vista, esto luego de que un lugareño diera aviso a las autoridades al dar con el hallazgo cuando buscaba restos de chatarra dentro del lugar. Cerca del cuerpo, también se encontraron los restos de una videocámara. Rosario Nájera estaba por concluir sus estudios de periodismo, se sospecha que la cámara era de su propiedad. La joven recibió tres impactos de bala. Murió recién ingresada al centro médico.

   Iván arrugó el papel y lo convirtió en una pelota diminuta, de inmediato su atención se centró en las fotos: en la primera había una pareja, él de rodillas colocándole un anillo a ella, la imagen irradiaba felicidad, la segunda no le resultó tan grata, aparecía el mismo hombre con cara de espanto, en los brazos podían apreciarse unas heridas; Iván miró los suyos, entonces empezó a comprender. Se apoyó en la cajuela, de pronto se sintió sobreventilado.

  -La tercera es la más importante.                            

   Se dio vuelta al escuchar la voz: don Pati estaba sentado en el corredor del bar.

  -¿Qué hay en la tercera foto? –le preguntó Iván.

  -Nunca me ha gustado quitarle el suspenso a momentos como éste. Es una pregunta que no voy a responder.

   Señaló la foto, invitando a Iván a verla con sus propios ojos.

   La ansiedad, más que evidente, se resquebrajó cuando finalmente le dio la vuelta a la última fotografía: sobre una cama, cubierto por sábanas tiznadas de rojo, estaba un hombre, a su lado una mujer, quien parecía tratar de despertarlo con desesperación. Iván volcó su mirada sobre don Pati.

  -No reconozco la imagen, ese hombre soy yo, lo sé, pero no recuerdo vivir ese momento.

  -Es porque ese momento está ocurriendo ahora mismo.

  -¡No entiendo! –Gritó perplejo Iván- ¿qué mierda está pasando? Dígamelo, por favor.

  -No todas las explicaciones son racionales, por más que intente explicarle lo que está pasando, sé que no lo entendería.

  -Haga el intento.

  -Por alguna u otra razón que desconozco, usted está muriendo, no tengo idea del por qué, pero todos vienen a parar aquí. Éste lugar es como un basurero, al menos yo lo veo así, un basurero que reposa en la nada.

  -¿Quién es usted?

  -Yo soy el dueño.

  -Su nombre no es Patricio ¿cierto?

   Don Pati negó con una sonrisa.

  -Depende del visitante cambio de nombre y de forma, pero siempre viajo en autobús. Yo soy el dueño. Por cierto, ¿la abrirá? –señaló la cajuela.

   Iván metió la llave en la cerradura y abrió. Se detuvo en seco.

  -Recuerde que es su decisión –le recordó don Pati.

   Como si se tratara de una operación delicada, Iván jaló el zipper hasta descubrir lo que había dentro de la bolsa. Sintió la sangre helarse. Sus ojos se toparon con el cuerpo de una criatura recién nacida.

  -¡Cómo es posi...! ¿Quién hizo esto?

   Se desplomó sobre las rodillas. Rompió en llanto.

  -Vuelvo a repetirle: es su decisión.

  -¿A qué se refiere? –Iván se limpió la nariz.

  -Sus vidas están interconectadas. De usted depende la vida de ese niño, a la vez que de ello depende una nueva oportunidad para usted, ¿no lo recuerda?

   Iván puso a trabajar sus recuerdos hasta dar con uno en específico.

  -Mi hijo, no sabía que ella estaba…

   Se incorporó.

  -Es un bebé prematuro. Lograron salvarlo antes de que falleciera la madre. Se supone que usted no debía estar aquí, por eso iba a “despertarlo”.

  -Lo planeó todo, la llanta estallada, nunca hubo gasolinera ¿cierto?

   Don Pati guiñó un ojo.

  -Luego pensé que era mejor dejar correr las cosas tal y como están preparadas. No me culpe, soy sólo un empleado.

   Un bus se detuvo frente a ellos.

  -Me despido, Iván.

  -¿Qué hago?

  -La vida es un ciclo de oportunidades, ese niño es la suya, tan sólo habrá un cambio en la fuente. Maneje hacia el amanecer –subió al autobús.


   Iván quedó al lado de la carretera. Aún confundido, se acercó a la cajuela y tomó al niño. Se sintió vivo. Lo arropó entre unas cobijas para acomodarlo en uno de los asientos delanteros. Mientras manejaba, una sonrisa empezaba a asomar por sus labios. El cielo aclaraba.  De reojo miró por la ventana: las montañas nevadas desaparecían. A lo lejos, con vientos renovados, venía el amanecer.