martes, 9 de septiembre de 2014

VILLA ALASKA

   Iván estacionó frente al bar. Las gotitas de sudor se multiplicaban por su rostro, se secó y bajó del automóvil. El sol radiaba, la carretera hervía silenciosa, alrededor todo era desierto. Afuera, una joven morena y flaca, sentada en una silla, sostenía un bebé recién nacido que tenía una mancha en su pequeño rostro, leía el periódico, cerca de la muchacha un hombre gordo se mecía en una mecedora, se percató de la presencia del visitante ofreciéndole una sonrisa desdentada. Iván caminó hasta la puerta del bar, no sin antes echarle una mirada a su vehículo. Al ingresar sintió el vapor estrellarse contra su cara, la fuerza de los abanicos en el oscuro cielorraso era débil.

  -Una cerveza –pidió cuando se sentó frente a la barra- y un vaso con hielo, el que esté más limpio.

  -¿Algo más?

   Iván negó.                                                                                                                                                                                                                                                                                    
   Tomó uno de los cubitos del vaso y lo pasó por su frente. Echó un vistazo: mesas vacías, algunas no habían sido recogidas, el piso daba asco, percibió un ligero olor a orines. Siguió paseando la vista: en una esquina estaba sentado un tipo, con los brazos y la cabeza desparramada en una mesa, “mal día”, pensó, una mujer caminaba de un lado a otro sosteniendo una escoba, pero no se preocupaba por barrer, la escuchó discutir por el teléfono. Se acomodó en el banco.

  -Aquí siempre es así.

  -¿Disculpe?                   

  -El calor…

  -Ahhh, sí, es insoportable, los abanicos no sirven de nada –el cantinero ni lo volvió a ver- debería cambiarlos –mordisqueó las palabras.

  -A veces llueve, sólo a veces.

  -Que triste, no sé cómo lo soportan ustedes.

  -No hay de otra, así lo quiso el señor Jesucristo, incluso en un infierno como éste, él está con nosotros –señaló un cuadro viejo, despintado, con la imagen del Hijo de Dios- ¿Puedo preguntar qué hace usted en un lugar como éste?

  -Me dirijo a Pueblo Limón.

  -Todavía está un poco lejos, ¿anda en carro?

  -Está afuera. Por cierto ¿alguna gasolinera por aquí cerca?

  -Aquí nada está cerca –decía el cantinero mientras acomodaba unos envases.

  -Ya veo, necesito una gasolinera, pensé que tal vez usted sabía de alguna.

   Un hombre bajito, pálido y con cara de buena gente, se sentó cerca de Iván, pidió un trago: “lo mismo de siempre”. El calor parecía no afectarle, no se le veía ni una gota de sudor en la cara. Cuando el cantinero le sirvió el trago, lo bebió en seguida, se levantó y caminó hasta una rocola que Iván no había visto. Al meter las monedas se escuchó la voz de Johnny Cash, volvió a sentarse.

  -No sé de ninguna –dijo el cantinero.

  -¿Perdón?

  -Lo de la gasolinera, usted pensó que podía ayudarle con eso, pero no, no conozco ninguna cerca.

  -¿Pregunta por una gasolinera? –Iván notó que el hombre le había puesto la mirada encima- yo sé de una, no está cerca, pero es fácil llegar hasta ella.

  -¿De veras? –Iván se echó otro sorbo.

  -Sí, ehh Cuco, otro trago y un cigarro, por favor –le dijo al cantinero.

  -Le agradecería mucho si pudiera llevarme hasta ella.

  -No hay problema, mi amigo –le extendió la mano a Iván- Patricio, mucho gusto, aunque soy más conocido como don Pati.

  -Mucho gusto, me llamo Iván –le estrechó la mano mientras se echaba otro trago de cerveza.

  -Dice que va a Pueblo Limón –interrumpió el cantinero, secando unos vasos con un trapo.

  -¡Uff! Está un poco lejos todavía.

  -Eso me dijo éste señor, ¿masomenos a cuánto está?

  -Lejos –interrumpió el cantinero.

  -No le haga caso, él siempre es así de bromista –dijo don Pati con una sonrisa- no es muy largo tampoco, pero sí tiene que pasar su rato manejando. Disculpe que me meta, pero ¿a qué va hasta allá?

  -Tengo que hacer una entrega.

  -Entiendo. Tengo tiempo de no ir a Pueblo Limón, dicen que ha cambiado mucho, ahora matan gente, el narco, la mafia, drogas, un mierdero.

  -Eso me han dicho, pero no me queda de otra, igual no voy a durar nada ahí, sólo entrego y listo.  

  -Hace poco escuché de boca de un sobrino que mataron a un muchachito allá, era un colegial, estaba en un bar como éste, con otros amigos, en eso entraron unos tipos y empezaron a disparar contra él, de las ráfagas que le mandaron le cortaron la cabeza, unos dicen que usaron unas AK-47, otros que eran mini uzis; en fin, lo mataron.

  -Pobre.

  -Pobre la muchacha que hirieron –dijo Cuco desde el piso, mientras rejuntaba unos papeles- al muchacho lo mataron y listo, pero la otra quedó malherida, pasó días duros en el hospital, no volverá a caminar.

   El tipo que estaba desparramado sobre la mesa se levantó, intentó caminar pero se tropezó, la cabeza rebotó contra el piso, vomitó, la mujer que sostenía la escoba lo golpeó con la misma, intentó detenerla, pero volvió a caer. “Villa Alaska es un lugar único” mencionó don Pati.

  -Los bares son lugares peligrosos, peor que los bancos –dijo Cuco- en un banco por lo menos tienen algo que llevarse, por eso casi nunca matan a nadie, pero ¿en un bar? ¿Qué se van a llevar? Y casi siempre el cantinero pone resistencia, alguien resulta muerto.

  -No lo asuste, Cuco –Patricio se tomó el trago de un solo golpe- por dicha aquí no tenemos ese problema ¡aquí nunca pasa nada! Y si pasara al resto del mundo no le importaría.

  -No, no le importaría.

   Cuco quiso carcajearse, pero se fundió en el intento.

  -Éste es un pequeño lugar perdido en la mente de Dios –decía Patricio- el desierto nos rodea, somos inexistentes para el mundo, los últimos que nos visitaron fueron unos extranjeros, una pareja, ella era mexicana y él chileno, no duraron mucho por aquí, se quedaron en las cabinas de Mateo y a la mañana siguiente se fueron; lo único que recuerdo de ellos era que discutían mucho, la muchacha parecía triste, él no tanto.

  -Suele pasar.

   Iván giró su cuerpo, el tipo borracho estaba de pie, cerca de la puerta del bar, apoyaba sus brazos sobre las rodillas, se tambaleó y pegó contra la pared, esta vez parecía que no se levantaría.

  -No le preste mucha atención, le decimos Puñal –decía don Pati- hace unas tres semanas se le murió la novia, desde entonces toma hasta quedar hecho mierda.

  -No puedo evitar la curiosidad –dijo Iván- ¿éste pueblo se llama Villa Alaska?

  -Así es –respondió Cuco antes de que lo hiciera don Pati.

  -Tiene que ser un chiste.

   Iván echó un poco de cerveza en el vaso con hielo.

  -En el fondo es un lugar muy frío –la mirada se le perdió a don Pati- las montañas se fueron.

  -Pues ahora tiene más sentido –dijo Iván, sin comprenderlo del todo- ¿me va a acompañar siempre a la gasolinera? Por cierto, ¿cómo se va a devolver usted?

  -No se preocupe, yo soy el dueño, viajo en autobús todo el tiempo.

   Iván quedó absorto, los ojos se balancearon sobre Cuco, pero éste parecía no haberle prestado atención al asunto. Se volvió a secar el sudor con el pañuelo, le dirigió una mirada fugaz a Puñal: seguía tirado en el piso, la mujer cortó su vista cuando pasó frente a sus ojos, seguía discutiendo. Don Pati se levantó.

  -Voy al baño, nos tomamos esto y salimos de aquí.

   Iván continuaba idiotizado, por inercia asintió.

  -¿Por qué no me dijo que él era el dueño de la gasolinera? –le preguntó a Cuco pero éste pareció no escucharlo, Iván supo que sería inútil preguntar de nuevo.

   Don Pati volvió del baño, pagaron las cuentas y salieron del bar, no sin antes pedirle a Cuco una bolsa con hielo. Afuera ya empezaba a oscurecer, el señor gordo seguía sentado con la mirada perdida en el horizonte, la morena sosteniendo el periódico, el bebé llorando, ella ni se preocupó. Iván acomodó la bolsa en la hielera que tenía en el asiento trasero.

   Se marcharon enseguida. A los costados, el desierto se extendía, parecía devolverse desde el horizonte hasta ellos, para luego volverse a ir corriendo hacia la lejanía. El sol caía cálido, reconfortante, nostálgico.

   La noche llegó, acompañó el sonido del motor, a lo lejos, frente a ellos, veían unas lucecitas, “por allá es” dijo don Pati.

  -La soledad en éste lugar es implacable –dijo Iván.

  -Un asesino haría fiesta ¿verdad?

   Se carcajearon al unísono.

  -Es posible, don Pati, por cierto ¿cómo le gustaría morir?

  -Tenía tiempo de no pensar en eso ¿sabe? Pero ya que lo pregunta, me gustaría que fuera en un lugar como éste, solitario, sin nadie que lo llore a uno, dicen que hasta los recién fallecidos oyen el llanto, eso no me gustaría, y ¿a usted?

  -En una cama, mientras duermo para no sentir nada.

  -Por supuesto.

   Un estallido tambaleó el vehículo, Iván frenó en seco, quedando en media carretera Bajó, de pronto sintió frío, la brisa estaba helada. Se fijó en la parte trasera: se había estallado una llanta.


   Don Pati se acercó a él, tenía una sonrisa extraña, sostenía algo en la mano, Iván retrocedió y esquivó el golpe que le mandó, corrió alrededor del vehículo acechado por el otro.

  -Hace frío ¿lo siente? ¡Las montañas volvieron!

   Iván intentó correr hacia la puerta del chofer, pero don Pati se interpuso frente a ella, amenazándolo con una jeringa. De reojo miró a lo lejos: las montañas parecían bañadas en nieve.

  -¿Qué está pasando?

  -Las montañas siempre vuelven –dijo don Pati.

   Se carcajeó y de un brinco subió sobre la tapa del carro, pero resbaló y cayó de bruces sin la jeringa. Iván se le acercó.

  -¿Qué está pasando? ¡Hable! –lo increpó con jeringa en mano.

  -Las montañas volvieron, ¿no lo entiende? –don Pati se carcajeó.

   Iván echó otro vistazo: en efecto, las cimas de las montañas aparecían nevadas, ajenas y extrañas.

  -¿Qué significa eso? Algo está pasando en éste pueblo de mierda y necesito saber de qué se trata –amenazó con inyectarle el líquido.

  -No muchos pasan por Villa Alaska, ni siquiera aparece en los mapas.

  -¿Me está diciendo que éste lugar no existe?

   Don Pati asintió sonriendo.

  -¡Mentiroso! –Apretó con fuerza la jeringa- si no me dice la verdad voy a inyectarle esta mierda.

  -No le estoy mintiendo, si quiere puedo probárselo.

  -¿Cómo?

  -Vuelva al bar, cambie la llanta y maneje hasta allá, ahí se dará cuenta de lo que le digo.

  -¡Ni mierda! ¿Por qué habría de confiar en alguien que me iba a matar?

  -¿Matarlo? Por supuesto que no, ¿cómo puede existir muerte en un lugar inexistente? Iba a “despertarlo”.

  ¿Despertarme?

   Iván, confundido y asombrado, dedicó sus pensamientos al intento de armar un rompecabezas absurdo.

  -¿Despertarme de qué? ¡Loco hijo de puta! Dígame la verdad.

  -Le repito, maneje hasta el bar y ahí tendrá todas las respuestas.

   Iván se levantó, amenazando al otro con la jeringa. Don Pati sonreía en el suelo, lo miraba, a veces con un fuego empujado por la locura y otras veces con el vacío que sólo existe en el vapor de las realidades.

  -¿Recuerda a qué iba a Pueblo Limón? –preguntó.

  -Necesito entregar algo.

  -¿Y puede recordar qué era eso que debía entregar?

   Iván trató de buscar en su memoria, curiosamente no lograba recordar qué era aquello, por más que lo intentara, la memoria se negaba a regalarle tan siquiera una pista. Por un momento quiso negar que todo eso le estuviera ocurriendo. Se despojó de la agitación que comenzaba a trepar por su pecho y encaró de nuevo a don Pati.

  -¿Qué me voy a topar en el bar?

  -La respuesta a todo lo que me ha preguntado.

   Sin más, Iván le ordenó mantenerse a cierta distancia del automóvil mientras cambiaba la llanta. Al abrir la cajuela se topó con una enorme bolsa negra, claramente algo había adentro, titubeó, él no la había puesto ahí; cuando se disponía a abrir el zipper don Pati lo interrumpió: “cuando esté en el bar y tenga la respuesta entonces será el momento de abrir la bolsa” dijo.

 

   Una vez que hubo cambiado la llanta estallada, Iván subió al vehículo, le dirigió una última mirada a don Pati, sentado en la carretera e iluminado por los focos. Presintió que algo tramaba. Don Pati levantó una mano a modo de despedida.

   Dio vuelta y manejó de nuevo hacia el bar. Las capas de nieve en las cumbres no lo dejaban salir del asombro, un paisaje surrealista que se asomaba en las sombras de una noche extraña. Cuando estuvo cerca de su destino, bajó la velocidad y apagó las luces. La brisa helada de la noche lo golpeó al bajar del vehículo.

   De nuevo se topó con los mismos personajes afuera del negocio, pero esta vez vestían ropas cálidas, gruesos abrigos y bufandas, además otra cosa le llamó la atención: la mujer morena estaba gorda, hinchada y el viejo se veía delgado, un joven de cabellos rizados y rostro manchado los acompañaba, Iván supo quién era.

  -Las montañas volvieron –dijo el hombre ante la mirada inquisidora de Iván, justo antes de entrar al bar.

   Adentro todo había cambiado, como si alguien hubiera remodelado el negocio, inclusive el olor era distinto. Se acercó a la barra, chasqueó los dedos para llamar la atención del cantinero, éste se dio vuelta, Iván se detuvo en seco, sencillamente no había palabras que pudieran explicarle qué estaba sucediendo: el cantinero era idéntico a él.

  -¿Qué es esto? –preguntó boquiabierto.

  -¿Puedo ofrecerle algo?

  -Una explicación de lo que está pasando.

  -¿No sé a qué se refiere?

   Iván lo tomó del brazo y a empujones lo llevó frente al espejo que colgaba de una pared, de nuevo quedó profundamente conmocionado.

  -¡Cómo es posible! –reaccionó luego de un silencio aterrador.

  -¿Se está dando cuenta, Iván?

   Al voltearse vio a don Pati bajo el arco de la puerta, sostenía un cigarro con la boca.

  -Los espejos no mienten, no en Villa Alaska, Iván –le dijo.

  -¿Por qué no aparece mi imagen en el espejo? ¿Es un truco?

   Iván, desesperado y acorralado por la ira, pateó varias veces el cristal hasta quebrarlo. Su mirada era la de un hombre intimidado por lo desconocido. Se precipitó de rodillas, alargó un brazo para tomar un trozo de vidrio.

  -Las montañas volvieron y traen el frío. Yo soy el dueño.

  -Aleluya –aulló el cantinero.

  -¡Aleluya!

   Le siguió don Pati con un aplauso de euforia.

  -¿Qué me está pasando?

   Iván, volcado al llanto, se raspaba los brazos con el vidrio. Se detuvo. Estaba agotado, afectado por los efectos de una serie de sucesos sin sentido aparente. Don Pati se acercó, se puso de cuclillas y le entregó un sobre.

  -¿Qué hago con esto?

  -Ábralo justo antes de abrir la bolsa en la cajuela. Ese momento es clave.

  -¿Por qué?

  -Ya luego dependerá si quiere o no abrir la bolsa. Es su decisión.

   El humo del cigarro vagabundeó frente a sus ojos, al tiempo que su estado de ánimo se vio purificado por una erupción repentina de optimismo.

   Iván se puso en pie, le ardían los brazos. Don Pati apagó el cigarro en el piso.

   Salió del negocio rumbo a la cajuela, no tardó en darse cuenta que el trío de personajes que se habían mantenido afuera no estaban, le restó importancia. Se ubicó junto al vehículo, de repente lo asaltaron los nervios, el sobre era la llave que lo llevaría a la respuesta, pero ¿sería la respuesta que él esperaba? ¿Qué podría pasar si no lo era? Su mirada se balanceó hacia la tapa de la cajuela. Rompió un borde del sobre y sacó el contenido: eran tres fotos y un trozo de papel en el que se leía una nota del periódico:

JOVEN PERIODISTA ASESINADA EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS

  “Un grupo de policías encontró agonizando a Rosario Nájera (25) en una bodega abandonada cerca de Bella Vista, esto luego de que un lugareño diera aviso a las autoridades al dar con el hallazgo cuando buscaba restos de chatarra dentro del lugar. Cerca del cuerpo, también se encontraron los restos de una videocámara. Rosario Nájera estaba por concluir sus estudios de periodismo, se sospecha que la cámara era de su propiedad. La joven recibió tres impactos de bala. Murió recién ingresada al centro médico.

   Iván arrugó el papel y lo convirtió en una pelota diminuta, de inmediato su atención se centró en las fotos: en la primera había una pareja, él de rodillas colocándole un anillo a ella, la imagen irradiaba felicidad, la segunda no le resultó tan grata, aparecía el mismo hombre con cara de espanto, en los brazos podían apreciarse unas heridas; Iván miró los suyos, entonces empezó a comprender. Se apoyó en la cajuela, de pronto se sintió sobreventilado.

  -La tercera es la más importante.                            

   Se dio vuelta al escuchar la voz: don Pati estaba sentado en el corredor del bar.

  -¿Qué hay en la tercera foto? –le preguntó Iván.

  -Nunca me ha gustado quitarle el suspenso a momentos como éste. Es una pregunta que no voy a responder.

   Señaló la foto, invitando a Iván a verla con sus propios ojos.

   La ansiedad, más que evidente, se resquebrajó cuando finalmente le dio la vuelta a la última fotografía: sobre una cama, cubierto por sábanas tiznadas de rojo, estaba un hombre, a su lado una mujer, quien parecía tratar de despertarlo con desesperación. Iván volcó su mirada sobre don Pati.

  -No reconozco la imagen, ese hombre soy yo, lo sé, pero no recuerdo vivir ese momento.

  -Es porque ese momento está ocurriendo ahora mismo.

  -¡No entiendo! –Gritó perplejo Iván- ¿qué mierda está pasando? Dígamelo, por favor.

  -No todas las explicaciones son racionales, por más que intente explicarle lo que está pasando, sé que no lo entendería.

  -Haga el intento.

  -Por alguna u otra razón que desconozco, usted está muriendo, no tengo idea del por qué, pero todos vienen a parar aquí. Éste lugar es como un basurero, al menos yo lo veo así, un basurero que reposa en la nada.

  -¿Quién es usted?

  -Yo soy el dueño.

  -Su nombre no es Patricio ¿cierto?

   Don Pati negó con una sonrisa.

  -Depende del visitante cambio de nombre y de forma, pero siempre viajo en autobús. Yo soy el dueño. Por cierto, ¿la abrirá? –señaló la cajuela.

   Iván metió la llave en la cerradura y abrió. Se detuvo en seco.

  -Recuerde que es su decisión –le recordó don Pati.

   Como si se tratara de una operación delicada, Iván jaló el zipper hasta descubrir lo que había dentro de la bolsa. Sintió la sangre helarse. Sus ojos se toparon con el cuerpo de una criatura recién nacida.

  -¡Cómo es posi...! ¿Quién hizo esto?

   Se desplomó sobre las rodillas. Rompió en llanto.

  -Vuelvo a repetirle: es su decisión.

  -¿A qué se refiere? –Iván se limpió la nariz.

  -Sus vidas están interconectadas. De usted depende la vida de ese niño, a la vez que de ello depende una nueva oportunidad para usted, ¿no lo recuerda?

   Iván puso a trabajar sus recuerdos hasta dar con uno en específico.

  -Mi hijo, no sabía que ella estaba…

   Se incorporó.

  -Es un bebé prematuro. Lograron salvarlo antes de que falleciera la madre. Se supone que usted no debía estar aquí, por eso iba a “despertarlo”.

  -Lo planeó todo, la llanta estallada, nunca hubo gasolinera ¿cierto?

   Don Pati guiñó un ojo.

  -Luego pensé que era mejor dejar correr las cosas tal y como están preparadas. No me culpe, soy sólo un empleado.

   Un bus se detuvo frente a ellos.

  -Me despido, Iván.

  -¿Qué hago?

  -La vida es un ciclo de oportunidades, ese niño es la suya, tan sólo habrá un cambio en la fuente. Maneje hacia el amanecer –subió al autobús.


   Iván quedó al lado de la carretera. Aún confundido, se acercó a la cajuela y tomó al niño. Se sintió vivo. Lo arropó entre unas cobijas para acomodarlo en uno de los asientos delanteros. Mientras manejaba, una sonrisa empezaba a asomar por sus labios. El cielo aclaraba.  De reojo miró por la ventana: las montañas nevadas desaparecían. A lo lejos, con vientos renovados, venía el amanecer.

SNUFF

-Esos lugares son una mierda –decía Umberto- siempre lo he dicho, usted se mete con la ilusión de encontrar pareja ¿y qué encuentra? ¡Lagartos! Sólo quieren que alguien les mantenga los hijos, el vicio y al otro hombre.

  -Puede que tenga razón, pero no generalice, conozco gente que le ha ido bien, además, creo que cada quien entra bajo su propio riesgo –Rosario quitó la mirada del libro de Ted Sanders.

  -¿Y a usted?

  -¿Yo qué?

  -¿Le ha pasado algo así?

  -No tengo ese tipo de problemas, aunque, –Rosario se detuvo pensativa, suspiró- no, la verdad, al menos en mi caso me ha ido bien con las mujeres que he conocido en esos lugares de internet.

  -No puedo evitar preguntarle ¿nunca ha tenido curiosidad por probar con un hombre? –una mueca cínica se dibujó en la cara de Umberto.

  -Se supone que estamos aquí por el trabajo, no es una reunión con fines sociales –evadió Rosario.

  -Sí sí sí, yo sé, pero entienda mi punto de vista como hombre.

  -No mienta, lo que tiene es morbo, ahorita mismo usted me imagina en una cama con otra mujer, ella encima mío mientras le chupo los pechos ¿cierto o mentira?

  -No, de verdad.

  -Mentiroso.

  -Bueno…

   Rosario se levantó de la silla y caminó hasta el maletero del carro. Se masajeaba el vientre. No había mucha luz en aquella bodega, sólo una lámpara que a duras penas intentaba ahuyentar la oscuridad. La mujer sacó una pequeña linterna de su bolso junto a unas llaves. Golpeó la tapa del maletero. Escuchó unos gemidos. Umberto se acercó hasta ella.

  -Con éste calor yo estaría asfixiado.

  -Vamos a darle un poco de aire.

   Rosario abrió el maletero, los gemidos fueron más vivos, ahora acompañados de muecas y gestos de pavor en el rostro de un hombre robusto y moreno.

  -¡Cállese, cállese! No es para tanto.

  -Voy a llamar al Alacrán a ver qué dice –Umberto se sacó el teléfono del pantalón- ¿aló? Jefe, aquí tenemos al hombre, sí, correcto, en la bodega ¿cómo? Bueno, está bien.

  -¿Qué dijo?

  -Todavía no, hay que esperar.

  -¡Mierda!

  -Es la primera vez que trabaja para el Alacrán, ¿verdad?

  -Sí, ¿cómo lo supo?

  -Quienes hemos hecho éste tipo de trabajos, sabemos que siempre hay que esperar una última orden y eso lleva su tiempo.

  -No creo que vuelva a trabajar para él, no me gusta esperar tanto, me pone tensa.

  -¡Tranquila! No va a pasar nada.

  -¡Pfff! ¿quién nos asegura eso? Ahorita mismo detrás de esa gran puerta puede haber varios tipos armados, acuérdese que no es a cualquiera que tenemos de rehén.

   El tipo empezó a retorcerse, Umberto lo sacó del maletero y lo tiró de bruces al suelo.

  -Creo que quiere algo –agregó Rosario.

  -Tal vez sea agua, o puede que tenga hambre, ganas de orinar o de cagar.

  -Pues si quiere orinar que se aguante, a menos de que usted lo suelte y se la sostenga, si lo que quiere es cagar pues ni modo.

   Umberto le quitó el esparadrapo de la boca, el dolor asomó por la mirada del otro, empezó a toser muy seguido y a escupir. Umberto le acercó una botellita de agua, el tipo bebió casi desesperado, babeando el plástico de la botella. Rosario, por ratos, le escupía una mirada.

  -¿Ya está bien? ¿Sigue con sed? –El tipo negó- le tengo una mala noticia, va a tener que esperar un rato más –más que risa, fue algo parecido a un chirrido lo que se le escapó de la boca a Umberto.

  -Estoy tranquilo, ustedes saben lo que hicieron, esto no se va a quedar así, mi gente…

  -¡Cállese, hijo de puta! O le vuelvo a tapar la boca –Umberto le enseñó el esparadrapo, el otro asintió a duras penas.

  -Aburre estar aquí –dijo Rosario- debe ser de noche ya.

  -Ya casi, son las seis y cuarenta –Umberto quitó los ojos del celular y se fue a sentar al carro- tal vez escuchando un poco de música se nos vaya rápido la espera.

   Encendió la radio, el silencio se esfumó ante los riffs de David Gilmour que acompañaban su voz y la de Roger Waters “There is no pain you are receding, a distant ship´s smoke on the horizon, you are only coming…”

  -Me gusta eso, suena bien –dijo Rosario.

  -¿La canción o Pink Floyd?

  -La canción, de la banda no sé mucho, por no decir que conozco nada.

  -Eso es una falta de respeto.

  -¿Qué cosa?

  -Que alguien diga que le gusta una canción de Pink Floyd y que no conozca nada de ellos.

  -No le encuentro lógica a eso, para mí esa canción es sólo una canción bonita –Rosario se encogió de hombros.

  -¡Está loca! Cómo va a decir eso, qué bárbara, esa canción es una joya, de las mejores creaciones que ha tenido el rock, hubiera preferido una patada en los huevos antes que escuchar eso.

  -Puedo retractarme.

   Los delicados labios de Rosario formaron una sonrisa.

  -Tiene uno de los mejores riffs de guitarra de todos los tiempos –seguía Umberto con el tema- David Gilmour marcó una época con eso, usted acaba de quitar el ladrillo más fuerte de la pared.

  -No entiendo.

  -¡Por supuesto que no! –Umberto se carcajeó- esa canción es del mejor disco de la historia del rock, The Wall, ¿captó?

  -Digamos que sí.

  -Quiero orinar –dijo el tipo tirado en el suelo.

  -Llévelo usted –Rosario dirigió su mirada a Umberto- no cuente conmigo, ya hablamos de eso.

  -¡Ni loco! Prefiero soltarlo y que lo haga él.

  -Si usted lo suelta y ese tipo intenta algo los mato a los dos –tiró malhumorada la colilla del cigarro.

  -Tampoco se ponga malcriada. Fue una broma.

  -Quiero orinar –seguía diciendo el tipo- ¿me pueden ayudar?

  -Pues que se orine en el pantalón.

  -Tengo Paruresis –el tipo temblaba.

  -¿Y esa mierda qué es? –preguntó Umberto.

  -Me da miedo que me vean orinando, sólo puedo orinar en mi casa, pero además de eso me dan asco mis orines, si me orino encima puedo entrar en shock nervioso y entrar en paro respiratorio.

   Entre el asombro y gestos casi de burla, Rosario y su compinche se miraban, a ella por poco se le escapa una carcajada, Umberto, con el rostro serio, le insinuó que no lo hiciera.

  -¿Es en serio? –preguntó ella.

  -Si quieren ponerlo a prueba háganlo, pero no lo recomiendo –los temblores eran más fuertes en él.

  -No es adecuado –susurró Umberto- si a éste hijo de puta le pasa algo y tenemos que dejarlo vivo, nos comemos un problema hediondo, es mejor ayudarle.

  -¿Lo va a soltar?

  -Es lo mejor ¿no escuchó? No podemos verlo orinar, si se orina encima se nos muere, si se nos muere nos buscan y nos matan.

  -Pero él dice que lo llevemos a la casa, sólo ahí puede orinar.

  -¡Ayúdenme! ¡Por favor!

   El sudor invadió el rostro tenso del sujeto, los temblores se apoderaron de todo su cuerpo.

  -¡Se nos va a morir! –Umberto corrió hasta él- está bien, lo vamos a ayudar, pero no lo podemos llevar a su casa, tiene que hacerlo por aquí.

  -¡No me vean! ¡No me vean! –empezó a gritar desesperado.

   Umberto soltó las esposas, levantó al tipo y lo llevó a una esquina oscura. Se alejó rápido sin despegar sus ojos de él. Se alejó un poco para ver al tipo en la esquina, se llevó una mano a la cintura, tanteándose el arma.

  ¿Ya? –le gritó.

  -¡No! Tienen que darme tiempo, no es fácil, tápense los oídos y no me vean, yo los estoy viendo.

  -¡Muévase! Lo estoy apuntando con el arma.

  -A eso me refiero, no me vea, no me apunte ¿entiende?

  -No me queda opción.

  -Ustedes saben que estoy desarmado ¿qué puedo hacer sin armas? No soy idiota como para cometer una estupidez.

  -Es verdad –dijo Rosario- sin arma no puede hacer nada, que orine en paz.

   Se alejaron para darle un poco de privacidad. Ella se iba a tapar los oídos, pero Umberto le dijo que no, era absurdo, tenían de rehén a un capo del narco y tenían que estar alertas, con darle un poco de espacio era más que suficiente. La música seguía sonando en el carro, ahora eran los Pet Shop Boys, Umberto puso cara de asco.

  -¡Qué mierda de música! –Escupió las palabras- voy a quitarla.

   Caminó hasta el vehículo y cambió la emisora, una voz brindaba la información de la lotería.

  -¡Ah! Mucho mejor, la lotería –dijo Rosario.

  -¿Qué tiene de malo la lotería?

  -Nada, pero hay gente que cree que eso es cuestión de suerte.

  -Si una persona cualquiera, en cualquier lugar de esta isla, compra un número sea cuál sea y ese número coincide con el que sale premiado ¿eso no es suerte?

  -No, eso se llama causalidad, –sacó una cajita con chicles y se llevó dos a la boca- las probabilidades de que esa persona gane son las mismas que puede tener cualquier otra que compre el número, eso no es suerte.

  -Es difícil conversar con usted.

  -Me han dicho.

  -¿A cuántos ha filmado?

  -No sé a qué viene la pregunta.

  -Curiosidad, si de repente llaman y nos dan la orden tenemos que poner en práctica lo que sabemos hacer.

  -Lo mío es sólo filmar.

  -Por lo mismo, no es algo fácil, quiero ver qué experiencia tiene usted.

  -La misma que tiene usted en esto, supongo.

  -Bueno, yo espero que no se me desmaye en el acto –Umberto se alejó- ¿Ya? No podemos darle más chance.

   Vieron al tipo llegar, la pobre luz de la luna, filtrándose por los huecos del viejo techo, caía sobre su cuerpo. Umberto le hizo una seña para que se sentara, el tipo así lo hizo. Rosario, algo incómoda por verlo suelto, se alejó hacia unas cajas.

  -Espóselo otra vez.

  -Relájese.

   Tomó las esposas y se las volvió a colocar al tipo. Sonó el celular.

  -¿Aló? Sí, jefe, sí… ajá –los ojos se dirigieron hacia Rosario- bueno, no se diga más, sí, está bien.

  -¿Qué pasó? –Preguntó ella, a la vez que volvía a ver al rehén- ¿el Alacrán?

  -Traiga la cámara.

   Se limitó a decirle, tomó al tipo de la camisa y lo levantó, caminaron hacia la parte más luminosa de la bodega, le pidió que se arrodillara.

  -Dígame cuándo empiezo a filmar –Rosario encendió la cámara, su frente se perló de sudor.

  -Yo le aviso.

   Umberto sacó un martillo de la guantera, ocultó su rostro tras un pasamontañas, se acercó de nuevo al tipo, los ojos se voltearon hacia Rosario, ella entendió.

  -¿Se arrepiente de algo en su vida? –El sujeto se mostró frío, negó con un gesto- ¿algo que le quiera decir a la gente que va a ver éste video?

   La mirada fría, fija hacia el lente, no parpadeaba.

  -¿Está seguro que no hay algo que quiera decir?

  -Haga lo que tenga que hacer, quiero morir con dignidad, como un hombre de respeto, que todos sepan que esto es así, se corren riesgos, todos nacemos con una deuda y aquí estoy yo pa´ pagar la mía ¡viva el cartel!

   El martillo descargó su fuerza contra la cabeza del sujeto, éste, gimiendo, cayó de lado.  El martillo no se detuvo. El suelo se tiñó de sangre, la cabeza era triturada en medio del sonido seco de los martillazos. La cámara estaba fija sobre el cuerpo, a ratos la asaltaba un leve temblor. Los restos del cráneo quedaron esparcidos. Umberto limpió el martillo, se quitó el pasamontañas y bebió un trago de agua. Se sentó.  

  -Ya la apagué –dijo Rosario un poco conmocionada.

  -Deme la cámara.

   Ella se la entregó, sin poder apartar ese gesto de curiosidad que floreció de repente en su cara.

  -¿Cómo se enciende?

   Rosario, empapada en sudor, estiró la mano. Umberto se puso la cámara en el hombro. Sacó el arma de fuego.

  -¿Algo que quiera decirle a la gente que verá éste video? ¿Se arrepiente de algo?

   Rosario abrió grande la boca, los ojos fueron presa del pánico mas no hubo lágrimas en ellos, no podía gritar. Umberto la apuntó, por la radio se escuchó al locutor cantar el número favorecido del día, pero su voz se opacó con los tres balazos que escupió el arma.


  -Falsa. Maldita periodista.